14 nov 2011

Reflejos.

El hombre, recostado sobre su almohada, decidió prender un cigarrillo. No era de esos hombres adictos a la nicotina si no que apreciaba el sabor de un buen cigarro. Al prender el cigarro y dejar la cajetilla a un lado, suspiro de tal manera como las almas suspirarían al encontrar el paraíso. Estaba agotado, agotado de la vida y el paso monótono al que se movía. De ese ciclo interminable de repetición aburrida. Estaba aburrido de si mismo.

Al jalar humo de su cigarrillo pudo imaginarlo entrando por sus pulmones pero ¿de qué le serviría todo ese desperdició tóxico a su organismo? No lo sabía, incluso Dios no tenía la respuesta a muchas de las incógnitas que el se planteaba, incluso Dios se había escondido debajo de aquella roca húmeda en medio del patio del vecino.

Al exhalar el humo el hombre se incorporó sobre su cama sintiendo la suave y fría textura de su sábana en sus nalgas y sus piernas, el hecho de estar desnudo significaba para él la libertad innata de la que todos gozamos, liberarnos de todas aquellas cadenas invisibles que con el paso de nuestra existencia, nos fueron atando a grandes troncos de madera, cual elefantes en el circo, cual mariposas en el universo.

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